Creación pura aséptica

La paciencia es un tesoro, sobre todo en lo que se refiere a la que ha tenido Shookdown Underzine conmigo al haber esperado tan pacientemente a que les llegase este artículo. Hace ya más de un año me leí el libro de David Byrne “Cómo funciona la música” (Random House, 2014). Pocos meses antes me había leído otro libro suyo (“Diarios de bicicleta”, Random House, 2010), con lo que me pareció una buena idea hace un artículo sobre él que sintetizase lo más relevante de ambos libros y que de algún modo le hiciese de biografía simplificada y de homenaje. No mucho después me quedé bloqueado con esta iniciativa porque me pareció demasiado compleja y allá la dejé. Ahora, al recordar los libros con tiempo de por medio, se me hace más evidente lo que me llamó más la atención de ellos y, por tanto, me parece más sencillo saldar mi deuda.

Efectivamente, leyendo dichos libros se aprecia y confirma que David Byrne es un creador lleno de genialidad; realmente dotado de talento y con una personalidad a la vez obsesiva y perfeccionista. La radiografía que ilustra en “Como funciona la música” (“How Music Works?”) es sensacionalmente pedagógica y comprensible, toda una lección sobre la música, la industria y la creación artística en este ámbito. En él se hace un repaso de todos los ángulos que se relacionan con la música, principalmente desde la óptica profesional aunque al final también desde la amateur (en la que nos recuerda que la palabra “amateur” se refiere a “amador”, a la persona que ama la música). Habla también de tecnología, del negocio de la venta de discos, de sus porcentajes o de los beneficios derivados del directo. Ofrece la mirada del artista individual y la contrapone a la de la industria musical. Explora la producción del sonido e incluso llega a tratar las partituras pseudo-abstractas que se usan para representar la música contemporánea – experimental en el siglo XX.

Eso sí, llama la atención el retrato tan aséptico que hace del período creativo con los Talking Heads, o con muchos otros músicos con los que ha colaborado posteriormente. Es sorprendente cómo despersonaliza su propia vida, como si se mirase a si mismo desde el otro lado del cristal, mirándose ausente de alguna manera. De hecho, él mismo comenta que en algún momento de su vida le diagnosticaron un tipo de síndrome asperger leve, una forma de autismo que se caracteriza, como todos los de este tipo, por la falta de empatía con las otras personas.

En este sentido, se aprecia claramente la separación que existe entre su pensamiento, rebosante de humanidad y de sentido de comunidad, y su propia manera de ser y de relacionarse con las personas que le rodean. Es como si sus letras, textos u obras de arte, tan plagadas de empatía y de humanidad no las hubiese escrito realmente él o no correspondiesen a la misma persona. En sus recuerdos, cuando aparecen los Talking Heads (con los que estuvo no menos de 10 años), ni menciona a dos de los miembros originales (Tina Weymouth y Chris Frantz) ni habla de su relación personal con ellos. Tan solo hace alusión a su manera de tocar, a su sonido o a los conceptos artísticos que querían expresar durante la colaboración.

Él se configura a sí mismo como una persona que lo apuesta todo por la creación. A la pura liberación de su imaginación y de su creatividad. Parece un individuo que necesita darle salida a la presión creativa que bulle constantemente en su cabeza, y que si no hubiera escogido la profesión que ha escogido, se podría haber vuelto loco.

Después del cierre del período con los Talking Heads escoge seguir su camino, ciertamente sólo. Como un explorador ávido de experiencias originales y puras, que busca continuamente fuentes nuevas de inspiración y de sorpresa. Navega solo, más bien autónomo y desapegado, utilizándose como objeto de su propio trabajo. No es que no tenga (o quiera tener) gente alrededor, todo lo contrario. Es que fluye de manera hermética entre las personas que le rodean.

Esto le ha permitido disponer de la máxima libertad para poder escoger con quien rodearse, con quien colaborar y con quien crear, desarrollando así innumerables colaboraciones con artistas de primer nivel (como Brian Eno, Marisa Monte, Caetano Veloso, Arcade Fire, Fatboy Slim, Wim Vandekeybus, Ryuichi Sakamoto, Saint Vincent…) siempre siguiendo la filosofía de superarse y de sorprender, a costa eso sí de no comprometerse personalmente para mantener esa libertad renovadora que tanto anhela.

Ahora bien, viendo el camino que él ha escogido, me pregunto si desde que rompió con los Talking Heads ha vuelto a escribir canciones realmente tan buenas como las que hizo en esa época. A mí me parece que no. Y al valorar el porqué, tan solo se me ocurre que quizás se debe a que en esos inicios existía una amistad entre los músicos, una cierta inocencia, una confianza entre los miembros del grupo que, a su vez, permitía la intromisión creativa y facilitaba la chispa creadora mágica e imprevista tan necesaria para espolear el talento. Parece como si desde hace años él habitase en la típica zona de confort a la que llegan aquellos músicos como él, que después de conseguir la fama y el reconocimiento, desarrollan una carrera complaciente en solitario.

Aun así, él también simboliza esfuerzo, trabajo obcecado, obsesión por la mejora y, por qué no decirlo, de riesgo. Este último no a través de su carrera musical en solitario, sino a través de otros medios, como el cine, la escritura o las bandas sonoras, posiblemente receptáculos mejores de su genialidad más reciente.

Paradójicamente, él mismo, aun siendo de origen británico, es un ejemplo vivo y paradigmático de la pseudo-magia inventada por el sueño americano: en su figura se encuentra la convergencia entre el esfuerzo y creer en uno mismo como producto de éxito y de reconocimiento social. ¿Es él un símbolo del progreso americano de los años ochenta y del “American Dream” que tan lúcidamente cuestiona con voz propia cuando quiere?

Al leer estos libros se me revela algo que quizás para muchos es obvio, y es que al conocer al ser humano que hay detrás del genio creativo y seductor, era inevitable llevarse una decepción. Me doy cuenta de que gran parte de ese mito lo desarrollamos nosotros mismos a través de la imaginación. Y de que, a su vez, la misma humanización del mito comporta algo realmente positivo. Esa humanización nos permite comprender mejor a esa persona, su auténtico trabajo y sus motivaciones verdaderas. Nos permite contraponerla con una vida real, como la nuestra.

David Byrne sabe adornar su propia vida muy bien, y lo hace de manera auténtica, interesante, sofisticada y, por qué no decirlo también, divertida. Aun así, aunque es difícil de apreciar, si se escarba hondo en lo que dice, se puede percibir un leve tipo de frustración incómoda. Un malestar agridulce que quizás no existiría si hubiese decidido mantener su carrera con su banda inicial. Si todavía fuese un músico más de los Talking Heads, con la misma autoridad que el resto de sus miembros, obligado a negociar y a dejar espacios creativos fuera de su control, ¿nos habría dejado una música más sorprendente? En definitiva, ¿no se sentiría tan solo?

(de Kike Bela para Shookdown UnderzineFebrero, 2017)